miércoles, 9 de mayo de 2018

"Las zapatillas rojas", de Powell y Pressburger, la exigencia inhumana de la excelencia artística.



Un número musical que vale una película; una película que va a la raíz del conflicto entre la vocación artística y la vida privada: Las zapatillas rojas o la maldición de la belleza suma.

Título original: The Red Shoes
Año: 1948
Duración: 133 min.
País: Reino Unido
Dirección: Michael Powell,  Emeric Pressburger
Guion: Emeric Pressburger
Música: Brian Easdale
Fotografía: Jack Cardiff
Reparto: Anton Walbrook,  Moira Shearer,  Marius Goring,  Leonid Massine,  Albert Basserman, Robert Helpmann,  Esmond Knight,  Ludmilla Tcherina.

¡Qué suerte me depara mi anárquica formación! Me pasó con Los paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy y ahora me ha vuelto a pasar con Las zapatillas rojas, del dúo Powell-Pressburger, un caso de bicefalia directora tan exitoso como el de los Hermanos Taviani, los Coen o cuantos han hecho del trabajo en equipo una vocación superadora de las limitaciones individuales. A veces, ciertos títulos los damos por vistos, porque nuestra memoria asocia títulos muy reconocidos con un asentimiento que da por descontado que, a lo largo de tantos años de afición continuada, en programas especializados, en ciclos, en la Filmoteca y en las propias salas de cine es imposible que no los hayamos visto en uno u otro momento de nuestra vida. ¡Bendito olvido!, sin embargo en el caso de que, en efecto, la hubiera visto hace 35 o 40 años. Lo primero que llama la atención de esta película es el color tan marcado, tan decantado hacia una intensidad que, unida a la iluminación, es capaz de crear incluso una textura, porque hay algo de táctil en el uso del color: nos pasa con los muebles, con los vestidos, con las paredes, con cualesquiera objetos, habitualmente exquisitos, si la acción transcurre en el ambiente elegantísimo del productor del ballet, Lermontov, una especie de sosias de Diaghilev, el creador de los ballets rusos y promotor de Nijinski. Que, a partir de un cuento breve de Andersen, Powell y Pressburger hayan sido capaces de construir una reflexión esteticista y profunda a la vez sobre el misterio de la entrega  en cuerpo y alma al arte, en este caso a la danza, supone un acierto de tal naturaleza que no me extraña en absoluto que la película tenga el predicamento que tiene. En Filmin hay una selección hecha por Scorsese de las películas que uno ha de ver a lo largo de su vida “obligatoriamente”. Entre ellas está esta. La manera despótica como el promotor del ballet rige la vida de sus contratados al servicio de la gloria artística, exigiéndoles una entrega apasionada y una dedicación más allá de los límites de una profesión, porque lo que Lermontov les exige a todos es profesar la religión del arte y de la belleza absoluta, con lo que ello conlleva de sacrificio, dedicación, perseverancia y vida casi monástica, nos entrega una aproximación nada fantástica, sino punzante e incluso hiriente a los entresijos de una gran compañía, a todo aquello que cae fuera del conocimiento del público que aplaude, entusiasmado, El lago de los cisnes o el Preludio a la siesta de un fauno, por ejemplo. La película se abre con la despedida de la primera bailarina del ballet que anuncia su inminente matrimonio. A partir de ahí, una joven acomodada intenta que el productor se fije en ella para incorporarla a su compañía, lo que consigue tras no pocos desplantes y humillaciones, porque la virtud del productor radica en no engañar a nadie: el camino hacia la fama está sembrado de fosos peligrosos en los que caen, para perderse irremisiblemente, quienes no tienen un espíritu autocrítico feroz y más allá de la autocomplacencia y de las críticas ajenas. Así las cosas, está fuera de toda duda que el protagonista de la película, Lermontov, un excepcional Anton Wallbrook, dueño de registros sutiles que confieren a la película ese tono de delicatessen de la crueldad y la sofisticación, y el público lo agradece, porque se le echa de menos en las pocas secuencias en las que no aparece, se convierte en el eje central del relato: todo baila a su alrededor…. La bailarina protagonista cumple escrupulosamente con su papel, del mismo modo que el director y compositor que acaba convirtiendo Las zapatillas rojas en una obra maestra, y que ambos se enamoren y acaben convirtiéndose en una amenaza para el productor marcará el dramático desenlace de la película, puesto que nadie puede salir indemne de un contencioso entre el amor humano y el excluyente amor al arte. La película está rodada en exteriores de la Costa Azul y siete años antes que Atrapa a un ladrón, de Hitchcock, por lo que no es desatinado pensar que debió de ver esta película con sumo interés. El delicado trabajo de orfebrería psicológica llevado a cabo por Powell y Pressburger para ofrecernos un relato tan detallista de los abismos a los que aboca en el alma humana la sed de belleza absoluta se vehicula a través de un repertorio de planos medidísimos en los que la puesta en escena acaba teniendo un valor muy destacado. El trabajo cromático de la película recuerda mucho el de esa otra película excepcional de Powell, El fotógrafo del pánico, y ambas pueden considerarse estudios de una perturbación: en un caso el móvil es la muerte y en el otro la belleza, pero los destrozos que causa en los sujetos que la padecen no son diferentes. Dejo para el final un breve comentario, porque es imposible describirlo con palabras, sobre el número de baile del ballet que da nombre a la película: Las zapatillas rojas, una maldición que acaba yendo más allá de la ficción para habitar en la vida real de la protagonista. La coreografía del ballet es obra de  Robert Helpmann, quien interpreta al primer bailarín de la compañía, y supongo que debió de colaborar  con Léonide Massine, quien coreografió, a su vez, el papel del “zapatero” fabricante de las zapatillas rojas: ambos fueron grandes figuras del mundo del ballet. También Norma Shearer fue famosa bailarina, pero la película eclipsó el reto de su obra, en el ballet y en el cine. Powell contó con ella, 12 años después, para El fotógrafo del pánico. La secuencia del ballet, unos 13 minutos ininterrumpidos de actuación es brillantísima. Pocos números musicales he visto yo en el cine tan espectaculares, ¡y he visto miles! Comienza siendo una retransmisión in situ, en el teatro, de la pieza, pero enseguida la acción evoluciona hacia lo fantástico, con una puesta en escena y unos movimientos de cámara y recursos especiales que bien podría decirse que son obra de dos maestros del cine musical, y lo cierto es que de esa secuencia se ha nutrido buena parte del cine musical que vino después de esta película. Toda la película es imprescindible, pero a quienes se les antoje que el mundo del ballet, la crisis existencial de la devoción al arte y el melodrama correspondiente son “excesivos”, les recomendaría que hicieran por ver, siquiera, esa interpretación del ballet, porque me lo van a agradecer.

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