lunes, 5 de febrero de 2018

Egoyan se encuentra con Spielberg: “Remember”, de Atom, Egoyan.


Memoria y manipulación: Remember o una extraña revisión de The manchurian candidate.

Título original: Remember
Año: 2015
Duración: 95 min.
País: Canadá
Dirección: Atom Egoyan
Guion: Benjamin August
Música: Mychael Danna
Fotografía: Paul Sarossy
Reparto: Christopher Plummer,  Dean Norris,  Martin Landau,  Henry Czerny,  Jürgen Prochnow, Bruno Ganz,  Peter DaCunha,  James Cade,  T.J. McGibbon,  Kim Roberts.

No ha sido fácil la transición de Egoyan desde la transgresión a la comercialidad, pero Remember bien puede considerarse una obra magnífica dentro de ese requisito sin el cual un cineasta puede ver truncada en breve su carrera: acceder al gran público, interesarle, sin necesidad, por ello, de asumir ni su adocenamiento ni los códigos imperantes en la bazofia que suele consumir. Menciono a Spielberg en el título porque, a mi entender, Egoyan ha aprendido de él la lección de cómo ganar ese público sin renunciar a escarbar en sucesos que han conmovido a la humanidad. No estamos ante La lista de Schindler ni ante Múnich, está claro, porque Remember no es una película tan ambiciosa, sino una aproximación íntima a una realidad, la caza de los nazis que huyeron de la quema y se refugiaron en identidades que les permitieron pasar desapercibidos incluso a los sabuesos de Wiesenthal o a los el Mosad, sobre la que Egoyan ha construido una variación tan inteligente como sorprendente, porque cuando uno cree que lo ha visto todo al respecto y se sabe de coro las situaciones y aun los desenlaces, la historia filmada por Egoyan permite la sorpresa mayúscula que, por supuesto, me abstendré de ni siquiera insinuar, porque hay películas que sí, son como La Ratonera, cuyos espectadores se van a casa con la encarecida recomendación de que se abstengan de revelar el final de la obra que acaban de ver. La película tiene la virtud de sumar a esa caza la particularidad de que quien ha de llevarla a cabo, habiendo sido entrenado concienzudamente para ello por un compatriota inválido, es un anciano con demencia senil y una incapacidad para recordar que lo obliga incluso a escribirse en el brazo un recordatorio de que ha de leer la carta con la instrucciones para “descubrir” al nazi que, oculto bajo otro nombre, acabó con la familia del judío que lo persigue en el campo de concentración de Auschwitz. Él es, además, el único capaz de reconocer -descartando la inevitable obra del tiempo- el verdadero rostro del militar carnicero. Lo curioso, y es lo único que adelanto del final, es que, sin siquiera verlo, se capaz de identificarlo positivamente gracias a la voz, ese otro marcador identitario tan fiable como el iris o las huellas digitales, aunque no exento de falsificación, por supuesto. La película se construye como una road movie en la que el anciano desmemoriado va tropezando con diferentes candidatos a alguno de los cuales está a punto de liquidar hasta que en el último momento se revela que no son la persona buscada, e incluso alguno de ellos es un judío represaliado como él. De esos encuentros, ninguno tan logrado como el que tiene con el hijo de un viejo nazi ya fallecido, un policía que lo acoge porque el asesino le dice que había sido compañero suyo de armas. El fervor, el entusiasmo y la crueldad xenófoba y antisemita con que el policía habla de su padre y de sus ideales -una bandera con la cruz gamada preside el salón familiar- constituye uno de los grandes momentos de la película, perfectamente interpretado por Dean Norris, el cuñado de Walter White en la excelentísima serie Breaking Bad. Lo cierto es que esa “aventura” funciona dentro de la película como un cortometraje impecable, con planteamiento, nudo y desenlace, ¡y qué desenlace!, del que también me abstengo de decir nada, porque “hay que verlo”, está claro. El protagonista, que vive en una residencia que compartía con su esposa, que acaba de fallecer en el momento en que arranca la acción vengativa, requería una interpretación como la que Christopher Plummer ha sabido regalarle, haciendo verosímil en todo momento las limitaciones de la persona y la determinación a ultranza de llegar hasta el final de la “misión” que su compañero de residencia, un efectivo Martin Landau, cazador de nazis, le ha diseñado a la perfección, porque no hay paso que no dé que no haya sido previsto hasta el último detalle por ese eficaz compañero. De forma paralela, el hijo del protagonista denuncia su separación e inicia una tan frenética como infructuosa búsqueda de su padre, búsqueda cuya resolución forma parte del desenlace y sobre la que también me está vedado explayarme. Vayamos, sin embargo, con la dirección de Egoyan, que renuncia, en aras de la transparencia narrativa, a buscar ningún efectismo estilístico que nos aparte de lo que verdaderamente es singular en la historia que narra: la superación de las dificultades objetivas que el estado senil del personaje supone y la determinación de culminar una misión que pueda tranquilizar la conciencia con la satisfacción del deber cumplido: vindicar a su familia. La película, con un protagonista en permanente movimiento, se mueve con agilidad por aviones, trenes autobuses, hoteles y taxis, en una peripecia que el personaje aguanta con la sólida entereza de su fragilidad. Como la acción se desplaza a Canadá, de donde son ciudadanos tanto el director como el protagonista, la variedad de escenarios naturales contribuye a reforzar la aproximación clásica a la historia, porque la cámara se ciñe al protagonista de una manera tan estrecha como necesaria, porque es a través de él como vamos viendo la historia, hasta el sorprendente desenlace final que nos lo cambia todo de arriba abajo. La presencia de otro monstruo de la interpretación como Bruno Ganz, breve, pero intensa, nos habla bien a las claras del grado de perfección que quería imprimirle Egoyan a la película, en la que apenas hay papel secundario, a tenor de la intensidad con que todos son interpretados. Es cierto que al guion pueden objetársele algunas posibles inverosimilitudes, teniendo en cuenta la situación del protagonista, pero en modo alguno empecen la potencia de la historia y la sabiduría fílmica con que Egoyan ha sabido hacérnosla llegar.


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