martes, 9 de agosto de 2016

Conmovedora película de Zhang Yimou: “Regreso a casa”.



El amor más allá del olvido y de la adversidad: Regreso a casa, de Zhang Yimou o el cine hecho lírica.

Título original:  Gui lai
Año: 2014
Duración: 111 min.
País: China
Director: Zhang Yimou
Guión: Zhou Jingzhi (Novel: Yan Geling)
Música: Chen Qijang
Fotografía: Zhao Xiaoding
Reparto: Gong Li, Chen Daoming, Zhang Huiwen, Guo Tao, Yan Ni, Li Chun, Zhang Jiayi, Liu Peiqi, Ding Jiali, Xin Baiqing, Zu Feng, Chen Xiaoyi.

Tarde, porque es la penúltima película de Zhang Yimou, pero llega como agua de mayo a una cartelera algo agostada. El minimalismo argumental da pie a una historia íntima más cercana a la poesía lírica que a la desgraciada épica que mueve los hilos del destino de unos personajes sometidos a la férrea dictadura comunista china, situación agravada por aquel delirio criminal que recibió el nombre de Revolución Cultural, cuyos gestores acabaron condenados en el sonado juicio político a lo que se llamó “La banda de los cuatro”, que incluía a la viuda de Mao, quien, tras haber sido condenada a muerte, se suicidó tras salir al hospital para ser atendida por un cáncer de garganta. Yimou ya dirigió una maravillosa película, ¡Vivir!, en la que trata de esta misma Revolución Cultural en una historia que tenía mucho de fresco social, y sí, también con su actriz fetiche Gong Li, quien en esta película realiza un prodigio de interpretación. Frente al fresco histórico de ¡Vivir!, Regreso a casa se recoge, podríamos decir, en los estrechos límites de una familia y de una vivienda, sin que, en ningún momento, a pesar de la reiteración de los intentos del marido por conseguir la deseada anagnórisis que le devuelva la convivencia de la que fue apartado, por disidente, a la fuerza, durante más de veinte años, nos sintamos constreñidos por el espacio y mucho menos deseemos ramificaciones del argumento que nos “distraigan” del conflicto central: la amnesia que, por una caída en la escena dramática de la “captura” del marido, facilitada por la delación de su hija, que aspira a conseguir el puesto de primera bailarina en el ballet revolucionario que representa el avance imparable de la Revolución y exalta el culto al líder máximo, Mao Tse-tung (permítaseme la transcripción de aquella juventud inquieta mía…), se apodera de ella y la deja imposibilitada de reconocerlo cuando, ¡pasados veinte años de reclusión y reeducación revolucionaria!, regresa finalmente a la casa de donde es, en el acto, expulsado por la esposa que no lo reconoce. Las fuerzas vivas del Partido lo instalan en una vieja tienda abandonada, justo enfrente del edificio donde vive su mujer, porque la hija se ha independizado, ya que la madre nunca le perdonó la delación del marido, y, a partir de esa desubicación, comenzarán los intentos del marido por acercarse a su esposa para “recuperarla”, una sucesión de intentonas que chocan siempre con la ceguera evocadora de la mujer, quien confunde al marido con un jerarca del Partido que abusó de ella, aunque se trata de una confusión intermitente. La película está rodada en una suerte de tono oscuro que, sin llegar necesariamente a la penumbra, acentúa el tono gris de una puesta en escena llena de espacios comunes degradados en los que parece que nunca llegue a entrar jamás el sol. La época invernal acentúa la oscuridad, a pesar de la nieve, y refuerza la percepción de la degradación de los espacios: la tienda donde se instala, la escalera, la vivienda familiar, la habitación donde vive la hija, etc. Es cierto que las condiciones de vida en la Revolución distaban mucho de ser mínimamente aceptables, y esa pobreza es lo que refuerza la puesta en escena, aun a pesar de que, tratándose de dos intelectuales, ambos esposos son profesores, hay algún detalle de los buenos tiempos, ya olvidados, como la presencia de un piano, que solía tocar su marido. Este, por cierto, accede a su casa como afinador para “rescatar” un piano que el marido, “que está a punto de regresar”, solía tocar. La escena del renacimiento del instrumento, con una melodía interpretada, por cierto, por Lang Lang, el último ídolo pop de la clásica, es de una ternura y delicadeza infinita, y es el momento en que el milagro de la anagnórisis está a punto de producirse, del mismo modo que lo creemos cuando el marido se ofrece a leer a su mujer las cartas que le envía en un baúl, y que había escrito durante su cautiverio. Como se advierte, por el resumen argumental, estamos ante una historia mínima con unas variaciones casi imperceptibles pero que ponen en movimiento un surtido de emociones que, sin llegar a la conmoción, se van adueñando de los espectadores en un crescendo sobre cuyo final me abstengo de dar la más mínima pista, aunque quizás debiera, porque, a mi entender, hay un trasfondo metafórico en la situación que enlaza con la visión histórica de la agitada historia de China, pero eso lo dejo a la libre interpretación de cada cual. En cualquier caso, el lirismo constante desde el que se narra la historia abarca no solo a los personajes -¡inolvidable la reacción de la hija cuando lee la carta en la que el padre convence a la madre para que acepte volver a convivir con ella!-, sino también a los pequeños motivos de la vida cotidiana que se va tejiendo en torno a la amnesia de la protagonista. Un auténtico poema de amor de inusitada intensidad, porque eso es la película: la historia del poder del amor conyugal más allá de la memoria y el olvido, algo que por fuerza habrá de sorprender a las nuevas generaciones, tan poco habituadas, en términos generales, a las relaciones duraderas. La película está llena de momentos, ya digo, de arrebatado lirismo, pero podría decirse que se trata de un lirismo de la escasez, de la privación, de la humildad, e incluso de la resignación, porque, al fin y al cabo, se trata de unos personajes cuya vida ha sido destrozada por el régimen comunista y no aspiran sino a sobrevivir con los rescoldos de la pasión que en su día vivieron y que intentan, eso es la película, recuperar secuencia tras secuencia, luchando contra el mal del olvido que, en aquella sociedad policial, ni siquiera tiene carácter lenitivo. Zhang Yimou no es director que requiera más elogios que los recibidos, constantes y merecidos, a lo largo de su dilatada carrera, pero en esta película, lejos de los virtuosismos de La casa de las dagas voladoras, esa película casi felliniana de Yimou, ha conseguido tal prodigio de intimidad y minimalismo poéticos que difícilmente se disuelven las imágenes de ese drama en la memoria del espectador. Una joya mínima; un disfrute máximo. Una familia rota; un amor imperecedero.

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