lunes, 15 de junio de 2015

Entre la identidad y la traición: Phoenix, de Christian Petzold




                                 


Phoenix: Una hija menor, pero aplicada, de Vértigo



Título original: Phoenix
Año: 2014
Duración: 98 min.
País: Alemania
Director: Christian Petzold
Guión: Christian Petzold, Harun Farocki (Novela: Hubert Monteilhet)
Música: Stefan Will
Fotografía: Hans Fromm
Reparto: Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Uwe Preuss, Nina Kunzendorf, Michael Maertens, Uwe Preuss, Imogen Kogge, Eva Bay, Kirsten Block, Megan Gay, Valerie Koch

            Basada en la novela Le Retour des cendres (Regreso de las cenizas, 1983. Plaza y Janés), del escritor francés Hubert Monteilhet, el director Christian Petzold, cuyo anterior film Barbara (2012), que no vi, le granjeó un prestigio que ahora, con Phoenix, revalida plenamente, nos entrega una película de factura sencilla, con una trama muy centrada en la historia de la protagonista; hilo argumental al que se ciñe férreamente, huyendo de adentrarse, con ramificaciones que hubieran sido tan legítimas como interesantes, en el rico contexto del genocidio judío cometido por los nazis o en la esbozada pero no desarrollada hasta sus últimas consecuencias historia de amor lésbico entre la protagonista y su rescatadora, una activista de la Agencia Judía. La historia es sencilla y apasionante. La protagonista, Nelly, una cantante, hija de familia adinerada, vuelve con la cara destrozada por un disparo del campo de concentración de donde ha sido liberada y se pone en manos de un eminente cirujano plástico que tratará de recomponerle el rostro a partir de una fotografía. Una vez realizada la operación, y superado el choque de la aceptación de quien ahora es en relación con quien fue, la protagonista no tiene otro objetivo en la vida que intentar hallar a su marido, Johnny, un pianista con quien trabajó, hasta ser detenida, en la sala de fiestas Phoenix, adonde va a buscarlo. La amiga intenta disuadirla de tal búsqueda y le sugiere que tal vez su marido tuviera algo que ver en la delación y posterior arresto para, después, ser confinada en un campo de concentración, del que ahora, transfigurada, regresa para reunirse con él. De alguna manera, y al margen del “eco” de Vértigo confesado por el director, quien descubrió su vocación en la lectura del libro de Truffaut sobre Hithcock, esta película no excesivamente ambiciosa, pero magníficamente ceñida al drama de la confusión de identidades, pudiera verse como el reverso de aquella otra, Dos vidas (2014), de George Maas, ya criticada elogiosamente en esta sección. El planteamiento de Phoenix, un título simbólico con el que se ha querido evitar el título original de la novela, sustituyéndolo con toda propiedad, no puede dejar indiferente a ningún espectador sensible a películas como Niebla en el pasado (1942) de Mervyn LeRoy o Memento (2000) de Christopher Nolan, es decir, esos thrillers psicológicos en los que se juega con la memoria, con la confusión de identidades y con situaciones que bordean la inverosimilitud sin caer en ella y entregando, con nitidez, el drama auténtico de la anagnórisis clásica.
         El momento en que la protagonista se muestra ante su marido y lo llama por su nombre a una cierta distancia, sin que éste sea capaz de reconocerla, es el dramático punto de partida de una trama perversa. Cuando la protagonista vuelve otro día a la sala de fiestas Phoenix, donde su marido trabaja como peón, no como pianista, y éste repara en ella, queda impresionado por el enorme parecido que tiene con su mujer. A partir de ese falso reconocimiento, el marido lleva a la extraña a su humilde alojamiento, un sótano, y le propone a Nelly participar en un plan diabólico: entrenarse para hacerse pasar por su esposa fallecida y poder reclamar sus bienes, puesto que, al haber perecido en los campos de concentración todos sus familiares, ella sería la heredera universal, y repartírselos. Para ello, ha de recluirse en la vivienda, porque no puede exponerse a ser vista por nadie que pueda dar fe de la superchería, ha de entrenarse en el ejercicio de representación de la personalidad de la difunta y, finalmente, pasar la exigente prueba del reconocimiento de los familiares del marido que le sirva como coartada para proclamar su identidad. Es evidente que le voy a dejar al lector de esta crítica con un palmo de narices, porque, al tratarse de un thriller psicológico, no es de recibo que el crítico arruine el desenlace, y no lo haré. Sí que quiero comunicar la enorme emoción con que se sigue la peripecia de la protagonista, y cómo el debate entre regresar con un marido que, según insinúa la amiga, la delató y la necesidad de ser reconocida por él y aspirar a recibir de nuevo el amor perdido va creando un clímax que se resolverá de la más poética de las formas. Todo funciona como un engranaje muy engrasado y el espectador sale satisfecho del desenlace, cosa realmente inusual en la mayoría de las historias, como reconoció Eduardo Mendoza en la divertida El laberinto de las aceitunas, creo recordar… Eso, sin embargo, sí que no aparece en la película en ningún momento: el humor, porque el contexto lo impide y porque cuando la protagonista tiene la tentación pasajera de deslizarse por él, enseguida el marido, ansioso por conseguir su objetivo y archiconvencido de estar ante una extraña a quien prohíbe que lo llame por su apodo, Johnny, exigiéndola que lo llame Johannes, se ciega ante cualquier atisbo de sospecha congruente, a pesar de las pruebas en contrario que le brinda la “extraña”. Con todo, algún momento de relajación cordial se produce cuando Nelly ha de intentar parecerse a sí misma, esforzarse por ser ella misma, suplantarse…, un juego que no puede compartir con su marido.
         Se trata, pues, de una película muy centrada en una línea argumental muy bien definida y en la que la puesta en escena del Berlín postbélico está muy conseguida, así como las excelentes interpretaciones de cuantos intervienen en la película, sobretodo de la pareja protagonista que lleva el peso de la historia, pero muy destacadamente de Nina Hoss, actriz fetiche del director. El ritmo se ajusta a la perfección a la evolución de unos acontecimientos que desembocan en un clímax final conseguidísimo. Mucho me extrañaría que algún espectador saliera desilusionado de la sala. No se trata de una película sobresaliente, de aquellas que se graban en la memoria del espectador indeleblemente, pero sí de una historia excelentemente contada, original y con unas interpretaciones muy destacadas.

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